Abu Irma

Irma fue el primer nombre que se me hizo presente. Nada más ni nada menos que mi abuela Irma. Mi abuela que, tuve de yapa.

Debo confesar que, si había algo lindo en la escuela católica, era que cada año promovían alguna actividad con el propósito de ayudar a los demás. La escuela estaba lejos de ser aburrida, pero si había algo que me aburría mucho era tener misa casi todos los viernes, confesiones todos los miércoles; era demasiado seguido como para juntar pecados y volver a revelarlos la semana siguiente, que seguramente eran los mismos que le había dicho al cura la semana pasada. 

Las clases de catequesis y pastoral ya me daban alergia. Era demasiado estar metida en el mundo de los santos, beatos y todo ese rubro religioso que te recordaba, por cierto, la sensación de que constantemente le podíamos fallar a Dios. Pero ese día la clase fue distinta. Nos propusieron buscar un lugar donde pudiéramos ir a compartir nuestro tiempo, nuestros abrazos, que, si bien ya eran escasos, corrían incluso el peligro de extinguirse.

Un grupo del curso eligió una casa cuna y rápidamente se organizaron en juntar juguetes, ropa y alimentos para llevarlos a los niños que no tenían familia ni hogar. Con mi grupo de amigos elegimos justamente el lado diametralmente opuesto: los ancianos.

Encontramos un lugar que era un hogar de abuelas. Ahí aprendí que la orfandad no tiene edad…

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